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AL CENTINELA DE UN PALACIO

Dentro: El tesoro más hermoso que se pueda imaginar.
Fuera: Soldados armados que aseguran el palacio.
Se sabe que el enemigo rodea, que espías tiene y aguarda un momento de descuido para hacer el saqueo. ¿Qué, si los guardianes se entorpecen en el manejo de sus armas? ¿Qué, si se quedaran dormidos? Los ladrones también están armados, pero quieren llevarse el tesoro inadvertidamente más que por asalto.
Será posible que por la despreocupación quede el palacio vacío y arruinado? Y los soldados, ¿dónde esconderán el rostro sin sus armas, sin su tesoro?
¿Sabes donde está el palacio? Es tu propio cuerpo, ungido del Espíritu Santo. Tú mismo eres también el guardián, Soldado de Jesucristo. Revestido de toda la armadura de Dios podrás estar firme contra todas las acechanzas del maligno.

«Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.» 2Cor.10:4.

Tu enemigo, el diablo, es fuerte, astuto y cruel. No te entrometas en sus cosas, déjalo que haga lo que quiera allá en su casa, pero ¡cuidado!, no dejes que se acerque a la tuya. Si te ataca, resiste a la tentación usando todas las armas defensivas que Dios te ha dado, sobre todo el escudo de la fe. Si persiste en su ataque, ve a la ofensiva con la espada del Espíritu; repréndelo en el nombre de Jesucristo y verás que retrocede, pero aun así mantente alerta, de lo contrario podría sobrevenir, vencerte, tomar todas tus armas en que confiabas y repartir tus despojos.
Cuida de ti mismo y de la doctrina. Cuida las heredades del Señor, todo lo que Dios ha puesto bajo tu responsabilidad. Vela y ora, que:

«Cuando el fuerte armado guarda su atrio, en paz está lo que posee.» Luc.11:21.

Smay. B. Luis, Bejucal, Cuba, 1969